By WpPayCm Payday loans
Quién no recuerda esos escalofríos nocturnos, sombras que aparecían y esfumaban ante nuestras imaginativas miradas, viles ramas que azotaban la ventana, payasos con sonrisas perversas, ojos aguzados bajo la cama y armarios que guardaban secretos ancestrales. Sí, sé que aún los recuerdas. Quedaron en tu retina, como tus propias leyendas urbanas, como enigmas pendientes en tu cerebro. Tal vez aún te persigan cuando se oculta el sol. He aquí una antología de miedos pueriles exagerados y otros no tanto:
La mano del inodoro: Acaso nadie tuvo la sensación o pensó un minuto, sentado en su segura taza del baño, mientras completabas el puzzle o colocabas cara de esfuerzo, que una peluda y vieja mano proveniente desde el interior te agarraba un cachete de tu querido trasero y te empujaba hacia abajo, hacia sus dominios. Y solo te sentías a salvo cuando eras víctima de una feroz diarrea.
Durmiendo con el demonio: Alguna vez pensaste que no estabas sólo en esa cama, que ese olor a azufre no era producto de tu falta de higiene ni tampoco de la ropa interior de tu hermano menor, que aunque estabas en invierno tu lecho permanecía demasiado cálido y todavía no te compraban el “escaldazono”, y aunque era de dos plazas amanecías en un rincón todo sudado. Nunca pensaste porque cambiabas tan seguido de colchón y no tenía relación alguna con tus frecuentes fallas de esfínter. Tal vez si tenías a Don Sata como guatero.
Silbidos después del crepúsculo: Tu abuelo jamás te reprendió por silbar de noche, vociferando que traía mala suerte y que se te aparecería “el patas de hilo”. Alguien dejó de disfrutar parte de su niñez por esa clase de ideas idiotas y supuso una aparición de medianoche del comprador de almas. No, creo que solo yo tenía abuelos cuenteros.
El segunda puerta del closet: Recuerda esto: noche, insomnio y un armario a medio cerrar. Alguien inocentemente espero que saliera de él, Mickey mouse o Félix el gato. Pensabas en ese portal transdimensional detrás de la ropa que atraería aquellas criaturas del averno o quizás a la reina de hielo y el león. Nadie quedo traumado con ese capítulo de los cazafantasmas donde aparecía “El espantaniños”.
La escalera oscura: La ampolleta de la escalera estaba quemada, el baño quedaba en el primer piso y los retorcijones intestinales eran demasiado fuertes, te importó acaso que el antiguo inquilino de tu nueva casa se haya quitado la vida al final de la larga escalinata. Ni que cosa flotante asustó a tu tía aquella vez que bajó apurada. Tal vez por eso terminaste comprando aquella pelela de porcelana.
Lo que solo tú veías: Nunca tuviste un amigo invisible bravucón que te hacía caer intencionalmente, te dejaba hablando sólo, robaba tus juguetes y te hacía pasar vergüenzas. Acaso el capitán Howdy si existía y no estaba anclado a tu imaginación. Además, fantaseabas que usurpara el cuerpo de tu odiosa hermana, pero te dabas cuenta que sus cambios de voz solo acontecían cuando estaba encerrada en el baño.
Cuerpos translúcidos: Nunca te preocupaste de que tus familiares se reflejaran en un espejo y que la falta de imagen era consecuencia de que el espejo estaba opaco de mugre. Te cuestionaste alguna vez de donde sacabas semejantes suposiciones tan ridículas. A lo mejor tenías una tía, prima o pariente especial para contar esas historias macabras, siempre existía alguno.
Sueños perturbadores: Las condenadas pesadillas de todo niño, desde sombras que te atrapaban pasando por caídas infinitas hasta el sueño con aquel hombre de la mano con cuchillas afiladas (un cliché). Bruscas interrupciones del sueño, transpiraciones excesivas, difíciles nuevas conciliaciones del mundo onírico. Sí, jodidas pesadillas, más de alguna mala noche pasaste por culpa de ellas. ¿Y Morfeo y Sandman dónde diablos estaban?.
La casa deshabitada: Quién, pero quién no tuvo ese viejo caserón a la vuelta de la esquina o quizás más lejos, totalmente desocupado, del cual se rumoreaban historias que iban desde duendes violadores hasta suicidios colectivos. Tú y tus amigos apostaban quien pasaba una noche ahí, quien sería lo suficientemente valeroso para afrontar semejante desafío. Nunca faltaba el gil. Y solo se daba cuenta que era refugio de viejos dependientes del alcohol y pandillas de jóvenes ociosos. ¿Y que esperabas… a Gasparín?
Dos personajes muy recurrentes: Helos aquí reunidos de nuevo, el archifamoso cuco y nuestro queridísimo viejo del saco. El primero, ¡¡quién cresta sabría que era!! Un humanoide que habitaba bajo tu cama, comiéndose tus pulgas y el polvo, o un simple invento de padres que abogaban por el maltrato psicológico antes que el físico. El otro, sucio, maloliente, pelos hirsutos y su clásica mochila hecha con recipientes para papas, los pobres no mataban ni a las moscas y uno corría como con un ají en el poto cuando se te acercaban. Pero solo eran hombres con mucha mala suerte. Solo eso.
La noche de San Juan: Vísperas del 24 de Junio, papas a medio pelar, papeles con tintas chinas, designios desde el más allá. Recuerdan la prueba del espejo y la vela a medianoche, contemplando su reflejo, esperando que hiciera acto de presencia el mismísimo rey de las tinieblas. Otro tonto cuento de viejos, la esperma terminaba quemándote las manos y adiós prueba. Para el próximo año será. Otros tenían que correr alrededor de su casa con una gallina negra en los brazos. Resfriado se llamaba el resultado. Más cuentos de viejos.
Los “pelapechos”: Nombre despectivo con que se conoce a los brujos, no creo en ellos, pero de que los hay, los hay, decían por ahí. Bailando lambada en el techo de la casa de campo, volando sin tener que fumar marihuana, maldiciendo tus días futuros, ocupando su “arte” para sanar o encantarte. Pero lo más cómico eran los contrahechizos, desde garabatos hasta asientos con tijeras cruzadas. Lástima por Merlín, Gandalf y el niño Potter.
Sé que faltaron muchos, desde la sesión de espiritismo donde llamabas a la Quintrala, la casa al lado del cementerio local, abducciones alienígenas de cuarta fase, la noche de Halloween para los menos xenófobos, muñecas barbie endemoniadas, arañas de rincón samurai, en fin…la mente de un niño da para tanto.
Identificados o no con alguno de estos pequeños esbozos de imaginación inocente, existieron terrores que te marcaron mucho más fuerte y para siempre, para unos fueron los padres alcohólicos para otros la separación de ellos. La infancia, aquella época donde aparte de ser fantasioso, eras más susceptible a los estímulos de tu entorno.
Por: Boris López